Testimonios
Testimonio de Marcela – 6 de octubre de 2025
Es un honor y privilegio compartir uno de los tantos testimonios que he vivido a través del libro “El Poder Para Sanar”, escrito por la Pastora Mimy Coffer.
Primeramente, doy gracias a Dios por haber puesto este libro en mis manos y por usar a la Pastora como instrumento, no solo para mi vida, sino para muchas más.
No tenía tiempo para leerlo, pero esta semana el Señor me envió a casa a reposar por un problema de salud. Fue entonces cuando el Espíritu Santo habló a mi corazón para que comenzara a leerlo. Me llamó la atención el nombre del libro y dije: “Este es mi tiempo para estar a solas con Dios.”
Al empezar a leer, apenas iniciaba, comencé a llorar. Descubrí que aún me falta mucho para llegar a donde Dios me quiere, y que, a pesar de todo, Él me ha cuidado, protegido y amado tanto, que pone todos los medios para que sane.
En uno de los ejercicios del libro se habla de hacer una lista de las personas que debo perdonar. ¿Y qué creen? La primera persona era yo misma. Luego le pedí al Espíritu Santo que pusiera en mi mente a todas las personas que debía perdonar, y terminé haciendo una lista grande, pues pensaba que eran pocas, pero no.
También perdoné y pedí perdón a cada una de ellas, sintiendo un profundo quebrantamiento acompañado de lágrimas. Luego empecé a pedir perdón a Dios una y otra vez. Sentí mucha paz y comprendí que nadie puede ser libre ni sanado si no hay perdón.
Después dispuse mi corazón con mucha sinceridad y humildad ante Dios. Él pasaba una película en mi mente y me mostraba desde cuándo venía cargando con tanta culpa.
Este es solo uno de los tantos testimonios que tengo, porque hay muchos más. Dios actúa en Su tiempo; a veces lo hace rápido y otras veces me hace esperar, pero esta vez lo hizo con rapidez… todo depende de cuánto abro y desnudo mi corazón delante de Él.
Testimonio de Sofía – 26 de Diciembre de 2025
Quiero contarles lo que Dios ha hecho por mí, mostrándome Su gran amor y misericordia.
Desde que tengo memoria, desde mi infancia, fui rechazada por mi mamá. Seguramente ella fue muy herida en su propia niñez, y eso fue lo que nos transmitió a mis hermanas y a mí. Nunca supe lo que era recibir un abrazo, una caricia o simplemente una sonrisa de aprobación de su parte. Todo era crítica, acusación y comparaciones con otras personas. Siempre me hacía sentir culpable por todo; no me sentía digna de ser amada y vivía constantemente a la defensiva. Sabía que Dios era un Padre, pero lo veía como un Dios castigador, listo para castigar cualquier falta cometida.
Tuve un papá muy bueno, de una religión diferente, pero él no se daba cuenta del trato que nuestra mamá tenía hacia nosotros. Aun así, mi papá siempre nos dio la libertad de asistir a una iglesia cristiana. Él decía que había que buscar a Dios siempre, y que en todas las religiones había personas buenas y malas. Yo veía que mi papá reflejaba más a Dios que mi mamá, y llegó un momento en el que ya no quería asistir a misa porque sentía que siempre era lo mismo, así que comencé a ir a una iglesia cristiana.
Con el paso del tiempo fui perdonando a mi mamá, pero fue un proceso largo y doloroso. Durante mucho tiempo pensé que, por causa de ese trato, mi matrimonio se había destruido y que yo había heredado un modelo de maltrato que se va pasando de generación en generación. Sin embargo, cada vez que castigaba a mis hijos, terminaba llorando con ellos y pidiéndoles perdón, porque decía: “Ellos son pequeños, y si no los quiero yo, ¿quién los va a querer?”. Gracias a Dios, esa cadena se rompió en mi vida. Con el tiempo perdoné a mi mamá, a mi esposo y a muchas otras personas. Yo pensé que ya estaba bien, pero dentro de mí había quedado incrustado un sentimiento de rechazo hacia mí misma.
Tomé el curso impartido por nuestra pastora Mimy, con el libro El Poder para Sanar, y en el capítulo número 9, con el tema del Perdón, durante la mentoría ella dijo que muchas veces perdonamos a los demás, pero nosotras mismas nos acusamos, somos muy duras con nosotras y no nos perdonamos. En ese momento vinieron a mi mente y a mi corazón los pensamientos y sentimientos que explicaban por qué yo me rechazaba a mí misma.
Después de hablar con ella y orar, comencé a sentir una libertad en mi corazón. Ese sentimiento tan feo empezó a disiparse. Sé que es un proceso y que Dios cada día sigue transformando mi corazón. Hoy sé que soy única y bella ante Sus ojos, que nací para buenas obras y para hacer Su voluntad.
Le agradezco a Dios por Su amor hacia mí y por haber respondido al clamor de toda mi vida; por la libertad que hoy estoy experimentando. Agradezco también a mi pastora Mimy Coffer por obedecer el llamado de Dios y escribir este libro para ayudar a muchas personas.
Muchas gracias,
Que Dios te bendiga.